Mi madre tiene 94 años. Últimamente duerme mucho y parece haber perdido algo de ilusión. Casi no ve y casi no oye, aunque todavía puede caminar y salir. Yo llevo tiempo pensando en hablar con ella de cosas que antes evitaba. Y ahora me pregunto cómo acercarme.
Durante años ella quiso tener conmigo conversaciones más profundas, también espirituales, y yo me cerré. Ahora estoy en otro momento de mi camino. He dedicado tiempo a observar mi mente, a buscar más calma y a preguntarme qué significa vivir en paz. Tal vez por eso siento que hay una conversación pendiente. No sé qué saldría de ella ni si a mi madre le apetecería hoy del mismo modo que antes. Pero no quiero dar por supuesto que no puedo tenerla.
Lo que creo saber y lo que no sé
Hace poco, en una visita a un especialista, le preguntaron si tenía ganas de morirse y respondió que no. Me parece importante respetar esa respuesta. A la vez, tengo la impresión de que está repasando su vida y de que quizá se relaciona de otra manera con la idea de la muerte. Es mi impresión, no algo que pueda saber por ella. Tampoco quiero convertir el cansancio o las horas de sueño en una explicación definitiva de lo que le pasa.
Al pensar en su edad, es fácil sentir que todo debe decirse deprisa. La urgencia nace de algo real: nuestro tiempo juntos no es infinito. Pero esa misma urgencia puede hacer que llegue a la conversación cargado de expectativas. Me imagino una charla sobre la vida, sobre lo que ha aprendido, quizá sobre la muerte. Me imagino acercándonos de una forma nueva. Y entonces aparece la duda que más me incomoda: ¿quiero escucharla o estoy buscando que ella me ayude a resolver mis propias preguntas?
No creo que una cosa excluya por completo la otra. En una conversación verdadera, ambos podemos recibir algo. Lo que no puedo hacer es decidir de antemano lo que creo que necesita mi madre ni qué valor tendrá para ella hablar conmigo. Si entro convencido de que debo devolverle la ilusión, quitarle el miedo o provocar un momento espiritual, pecaría de soberbia y dejaría poco espacio para descubrir cómo está realmente.
Hablar con mi madre sin dirigir la conversación
La idea de hablar con mi madre me conmueve precisamente porque durante mucho tiempo fui yo quien cerró esa puerta. Reconocerlo no convierte el pasado en una culpa que tenga que reparar con una gran escena. Simplemente me muestra que hoy puedo actuar de otra manera. Puedo decirle que antes me costaba hablar de estas cosas y que ahora me gustaría escucharla, si a ella le apetece.
Me resulta más honesto empezar por ahí que llegar con una explicación preparada sobre lo que he aprendido. Tal vez quiera contarme cómo ve su vida a los 94 años o tal vez recuerde algo que para ella sigue siendo importante. Tal vez hable de Dios, de la muerte o de un episodio cotidiano. También puede que no quiera hablar en ese momento. Escucharla incluiría aceptar cualquiera de esas posibilidades, no solo la conversación que yo he imaginado.
Hay algo delicado en preguntarle a otra persona por su vida cuando creemos que estamos llegando tarde. Podemos querer aprovechar cada minuto y, sin darnos cuenta, apresurarla. Mi madre no tiene por qué hacer un balance para satisfacer mi necesidad de comprender. Si ella está en una etapa de recuerdos, puedo acompañarla en lo que elija contar. Si no lo está, puedo estar con ella de otro modo. Su vida le pertenece también en esta etapa.
Esto no significa renunciar a hablar. Quizá pueda compartir, con sencillez, que mi camino espiritual me ha hecho más abierto a preguntas que antes rechazaba. Lo distinto sería no tomar mi camino como el guion de la conversación. Puedo ofrecer una pregunta y dejar que la respuesta sea suya. Puedo guardar silencio sin sentir que se ha perdido una oportunidad.
¿A quién le serviría este encuentro?
Esta pregunta vuelve una y otra vez. Sospecho que hablar con mi madre podría ayudarme a comprender mejor nuestra relación, mi propia vida y lo que siento ante la muerte. También me pregunto si a ella le aportaría algo. Me gustaría que sí. Tal vez ser escuchada en un terreno en el que antes yo me cerraba tenga valor para ella. Pero no puedo saberlo antes de preguntarle ni puedo medirlo después como si fuera un resultado de una intervención.
Quizá mi preocupación por si le sirve ya contiene una forma de exigencia. Si considero que la conversación solo merece la pena cuando los dos salimos transformados, puedo terminar vigilando cada gesto para comprobar si está funcionando. Y una conversación así corre el riesgo de dejar de ser un encuentro. Se vuelve una tarea que debemos cumplir.
Hay una idea que me acompaña estos días: «No tengo que hacer nada, solo aceptar». No la entiendo como una invitación a quedarme quieto y seguir posponiendo lo que deseo hablar. Para mí, en este momento, plantea una diferencia más fina. Puedo dar el paso de acercarme sin creer que tengo que producir una experiencia perfecta, hallar las palabras exactas o garantizar la paz de ninguno de los dos.
Me pregunto sobre la paz interior, la calma. Al llevarla a esta situación, veo lo fácil que sería pedirle, a una conversación con mi madre, que me la entregue. Querría salir de ella con una certeza sobre la vida y la muerte, con la sensación de haber reparado algo del tiempo perdido o con la tranquilidad de haberla ayudado. Son deseos comprensibles. También son mucho peso para poner sobre un encuentro que aún no existe.
Tal vez la paz que busco tenga que ver, al menos en parte, con soltar la necesidad de controlar ese resultado. No sé si podré hacerlo del todo. Sí puedo reconocer cuándo mi deseo de acercarme empieza a confundirse con mi deseo de que todo salga como espero. Esa distinción puede ayudarme a volver a lo esencial: mi madre está delante de mí, y puedo interesarme por lo que ella quiera compartir ahora.
Dar un paso pequeño
He pensado mucho en esta conversación, quizá más de lo que he hecho por iniciarla. En este blog ya he hablado de la distancia entre comprender algo y llevarlo a la práctica. Aquí esa distancia tiene el rostro de mi madre. No necesito preparar un discurso sobre la espiritualidad para cruzarla. Puedo sentarme a su lado, preguntarle cómo está viviendo esta etapa y escuchar de verdad la respuesta.
Puede que un día surja una charla larga. Puede que solo haya unos minutos, una historia repetida o un silencio compartido. No quiero fingir que cualquiera de esas cosas resolverá nuestras preguntas. Tampoco quiero descartar un momento porque no se parezca a lo que había imaginado. La cercanía no siempre se anuncia con palabras importantes.
Sigo sin saber hasta qué punto ese acercamiento puede servirle a ella, y me parece bien no responder por ella. Lo que sí puedo asumir es mi parte: durante años me cerré, y ahora deseo estar más disponible. Quizá el primer paso no sea preguntarle por la muerte ni intentar entender la vida. Quizá sea algo más sencillo y más difícil para mí: abrir, por fin, una conversación que ella había querido tener conmigo y dejarle espacio para decidir adónde nos lleva.

